Kalt und Nebel


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Sabía que iba a llover, era un presentimiento demasiado fuerte como para ignorarlo, sin siquiera mirar al cielo podía sentirlo, incluso podía olerlo. A pesar de ser muy temprano, casi acababa de amanecer reinaba una semioscuridad que hacía que tu instinto te insinuase que buscases resguardo que aquello no era seguro mientras que tus ojos tan sólo podían ver la penumbra y tus huesos sentir el frío de la mañana. En vez de llover, se levantó una bruma espesa, tal era su densidad que resultaba casi palpable de forma que impedía ver nada a medio metro de distancia. La bruma apareció de repente, sin previo aviso provocando en todos aquellos presentes una gran inquietud.

Cuando te ves privado del sentido de la vista o en aquel momento tu capacidad de visión se reduce al mínimo el resto de tus sentidos se agudiza cobrando mayor importancia los sonidos que te rodean. No puedes si no quedarte muy quieto, prácticamente inmóvil, intentando escuchar el más imperceptible de los sonidos que te aporte la seguridad que tus ojos no pueden darte y es en esos momento cuando te sientes más vulnerable. Habían pasado unos instantes que aunque en realidad seguramente fueron breves a mi me resultaron eternos en medio de una desesperante lucha contra ese miedo irracional y poderoso a ser atacado. En cada respiración el vaho de mi aliento se condensaba al salir de mi boca aunque no pudiera verlo y en cada exhalación escuchaba el sonido del aire abandonando mi cuerpo como un compás que marcaba el ritmo de mi existencia.

Casi sin darme cuenta, antes siquiera de que ningún sonido llegase a mi cerebro, mi respiración se fue acelerando y como  cuando podía sentir que la lluvia no tardaría en hacer su aparición en aquel instante tuve el mismo azoramiento provocado por así decirlo, por alguna amenaza que me acechaba. Privado de la vista y  también del oído, puesto que aquella bruma parecía actuar como una espesa cortina que separase dos estancias para atenuar el ruído existente entre ellas, tan sólo contaba ya con el instinto atávico de supervivencia. La luz seguía siendo tenue y el frío resultaba más penetrante y en aquel estado de alerta irracional habiendo dejado ya de escuchar, de  sentir, de ver; me dejé llevar como un autómata sentí que mi pierna derecha se retrasaba ligeramente y que mis brazos se levantaban como movidos por una voluntad ajena a la mía apuntando mi fusil al inmenso vacío que se presentaba ante mí como queriendo protegerme inútilmente de una amenaza que sabía imaginaria pero que realmente parecía estar ahí. En aquel momento de confusión cerré los ojos y dejé de existir. Fue tan sólo un parpadeo aunque me pareciese una eternidad e inmediatamente después de forma inexplicable la bruma se había levantado casi completamente y ya no había silencio. Asustado regresé a mi puesto de guardia y esperé  mi relevo. Poco tiempo después comenzó a llover.

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